Cuentos populares
Cuentos populares La compañía que mandaba el capitán ocupaba la linde del bosque, y los soldados disparaban echados. El capitán, con su guerrera vieja y la gorra arrugada había soltado las riendas y con las piernas encogidas en los altos estribos permanecía silencioso e inmóvil. (Los soldados conocían y cumplían tan bien su obligación que no necesitaba darles órdenes). Sólo de cuando en cuando alzaba la voz para llamar la atención a los que levantaban la cabeza.
La figura del capitán era poco marcial; pero, en cambio, reflejaba tanta realidad y sencillez que me impresionó mucho; «Este sí que es valiente», pensé, a pesar mío.
Estaba exactamente igual a como lo había conocido siempre: los mismos movimientos tranquilos, la misma voz uniforme, la misma expresión sin picardía en su feo aunque franco rostro; únicamente en su mirada, más clara que de costumbre, se podía advertir la atención de un hombre que está cumpliendo su deber. Es fácil decir: exactamente igual que siempre; pero ¡cuántos matices diferentes notaba en los demás! Uno quería parecer más tranquilo; otro, más severo, y un tercero, más alegre que de costumbre. En cambio, por el rostro del capitán se veía que no comprendía siquiera la necesidad de aparentar.