Cuentos populares
Cuentos populares A mediados del invierno de 185…, una división de nuestra baterÃa formaba parte de un destacamento que se hallaba en el Gran Chechena. Cuando me enteré, en la tarde del dÃa 14 de febrero, que habÃan designado la sección que yo mandaba, en ausencia del oficial, para formar parte de la columna que al dÃa siguiente iba a talar el bosque, recibà y transmità las órdenes necesarias y me dirigà antes que de costumbre a mi tienda de campaña. Como no tenÃa la mala costumbre de calentarla con carbón encendido, me acosté sin desnudarme en un catre colocado sobre unas sacas, me encasqueté la gorra sobre los ojos y, envolviéndome en la pelliza, me dormà con ese sueño particular, fuerte y pesado que se tiene en los momentos de inquietud y de preocupación ante el peligro. La espera de la expedición del dÃa siguiente me habÃa puesto en ese estado.
A las tres de la madrugada, cuando aún reinaba la oscuridad completa, alguien me arrancó de encima la pelliza caliente, y la luz roja de una vela hirió desagradablemente mis ojos adormilados.
—Haga el favor de levantarse —dijo una voz.
Cerré los ojos y, tapándome de nuevo con la pelliza de un modo inconsciente, me volvà a dormir.
—Haga el favor de levantarse —repitió Dimiti, sacudiéndome despiadadamente por el hombro—. La infanterÃa se pone ya en camino.