Cuentos populares
Cuentos populares De pronto recordé la realidad y, estremeciéndome, me puse en pie de un salto. A toda prisa bebí un vaso de té, me lavé con agua helada y salí de la tienda para dirigirme al parque de artillería. Estaba oscuro, había niebla y hacía frío. Las hogueras que ardían aquí y acullá en el campamento, iluminando las figuras de los soldados que dormitaban acostados en torno a ellas, aumentaban la oscuridad con su resplandor rojo. Se oía un ronquido tranquilo y uniforme; y, a lo lejos, movimiento, conversaciones y el entrechocar de los fusiles de la infantería, dispuesta para la expedición; olía a humo, a estiércol, a mecha y a niebla; me recorrió la espalda un escalofrío producido por el fresco de la mañana y me castañetearon los dientes a pesar mío.
Sólo por el resoplido y el piafar de los caballos se podía adivinar en esa oscuridad impenetrable donde se hallaban los avantrenes y los armones enganchados y, por las puntas brillantes de las mechas, el lugar de los cañones. La primera pieza se puso en marcha, seguida de un armón y del destacamento, a las palabras; «Con Dios». Todos nos descubrimos para hacer el signo de la cruz. Al llegar junto a la infantería, la sección se detuvo y esperó durante un cuarto de hora a que se reuniera toda la columna y la llegada del jefe.