El Diablo

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Eugene no la había visto desde que se encontró con ella y el niño. Al tener un bebé al que atender, no había salido a trabajar, y él rara vez caminaba por el pueblo. Esa mañana, en la víspera del Domingo de la Trinidad, se levantó a las cinco y fue a caballo a la tierra en barbecho que iba a ser rociada con fosfatos, y había dejado la casa antes de que las mujeres estuvieran en movimiento y mientras aún estaban encendiendo los fuegos de las calderas.

Regresó al desayuno alegre, contento y hambriento; desmontando de su yegua en la puerta y entregándosela al jardinero. Golpeando la alta hierba con su látigo y repitiendo una frase que acababa de pronunciar, como uno a menudo hace, caminó hacia la casa. La frase era: "los fosfatos justifican"... qué o a quién, ni lo sabía ni lo reflexionaba.

Estaban golpeando una alfombra en el césped. Los muebles habían sido sacados.


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