El Diablo
El Diablo Después de la cena, ese mismo Domingo de la Trinidad, Liza, mientras caminaba desde el jardÃn hasta el prado, donde su esposo querÃa mostrarle el trébol, dio un paso en falso y cayó al cruzar una pequeña zanja. Cayó suavemente, de lado; pero exclamó, y su esposo vio una expresión en su rostro no solo de miedo sino de dolor. Él estaba a punto de ayudarla a levantarse, pero ella lo apartó con la mano.
"No, espera un poco, Eugene", dijo ella, con una débil sonrisa, y lo miró con culpa, como le pareció a él. "Solo se me torció el pie".
"Ahà está, siempre lo digo", comentó Varvara Alexeevna, "¿puede alguien en su condición saltar zanjas?"
"Pero está bien, mamá. Me levantaré enseguida". Con la ayuda de su esposo, se levantó, pero inmediatamente se puso pálida y parecÃa asustada.
"SÃ, no me siento bien", y le susurró algo a su madre.
"¡Oh, Dios mÃo, qué has hecho! Dije que no deberÃas ir allÃ", gritó Varvara Alexeevna. "Espera, llamaré a los sirvientes. ¡No debe caminar! ¡Debe ser cargada!"