El Evangelio abreviado

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Lo que verdaderamente pierde a la vida del espíritu es la codicia y la adquisición de riquezas. Los hombres olvidan que, a pesar de las riquezas y bienes que adquieran, pueden morir en cualquier momento y que sus bienes no son necesarios para la vida. La muerte pende encima de todos nosotros. La enfermedad, el asesinato que proviene de los hombres, las desgracias pueden acabar con nuestra vida en cualquier segundo. Si el hombre vive, debe considerar cada hora de su vida como si fuera un aplazamiento concedido por caridad. Y hay que recordarlo y no decir que no lo sabemos. Conocemos y prevemos todo lo que ocurre en la tierra y en el cielo, pero olvidamos la muerte que nos espera en cada segundo. Si no lo olvidáramos, no nos podríamos entregar a la vida de la carne, no podríamos contar con ella. Para seguir mi enseñanza hay que evaluar las ganancias de servir la vida de la carne, que es la propia voluntad, y las ganancias de cumplir la voluntad del padre. Sólo quien lo ha evaluado claramente puede ser mi discípulo. Y el que lo ha hecho, para conseguir el verdadero bien y la verdadera vida no debe compadecerse del bien y la vida ilusorios. La verdadera vida ha sido dada a los hombres, y los hombres la conocen y oyen su llamada, pero, al ocuparse continuamente de quehaceres ilusorios, se arrebatan la vida a sí mismos. La verdadera vida es semejante a un banquete que ha hecho un hombre rico y al que ha invitado a huéspedes. Llamó a los huéspedes de la misma forma que la voz del espíritu del padre llama hacia sí a todos los hombres. Pero unos huéspedes se dedicaron al comercio, otros al mantenimiento de sus propiedades, unos terceros a los asuntos familiares y no fueron al banquete; sólo los pobres, que no tenían ocupaciones carnales, fueron al banquete y obtuvieron la felicidad. De la misma forma los hombres, dedicándose a las ocupaciones de la vida carnal, pierden la verdadera vida. El que no renuncie completamente a todas las ocupaciones y pasiones de la vida carnal no puede cumplir la voluntad del padre, porque uno no puede servirse un poco a sí mismo y servir también un poco al padre. Hay que evaluar si tiene cuenta servir a la propia carne, si se puede construir la propia vida como a uno le apetece. Hay que hacer lo que hace el hombre cuando construye una casa o se prepara para combatir. Examina si podrá acabarla o si podrá vencer. Y si ve que no puede, no gastará en vano ni fuerzas ni ejércitos. Si no, morirá inútilmente y será el hazmerreír de los hombres. Si fuera posible crear la vida carnal como uno quisiera, se debería servir a la carne. Pero como no se puede, es mejor dejar todo lo carnal y servir al espíritu. Si no, no se tendrá ni una cosa ni la otra: no conseguirás la vida carnal y perderás la vida del espíritu. Por eso, para cumplir la voluntad del padre, hay que renegar de la vida carnal.


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