El reino de Dios esta en vosotros
El reino de Dios esta en vosotros En efecto, preguntad a cualquier individuo por separado si considera elogioso o digno de un hombre de nuestro tiempo percibir un sueldo exorbitante por exigir el pago de impuestos al pueblo —a menudo al más pobre— para fabricar cañones, torpedos y armas asesinas con las que matar a hombres con los que deseamos vivir en paz, y los cuales desean lo mismo que nosotros; o consagrar la vida, también por un buen sueldo, a la fabricación de estas armas asesinas; o a adiestrarse y adiestrar a otros para el asesinato. Preguntadle si es elogioso, digno de un hombre y propio de un cristiano dedicarse —de nuevo por dinero— a apresar a gente desgraciada, extraviada, a menudo analfabeta y alcohólica, por haberse apropiado de algún bien ajeno —pero en una proporción mucho menor de lo que nosotros mismos nos apropiamos—, o por matar a otros hombres —pero no del modo que es aceptado—, y encerrarla en prisión, torturarla y ejecutarla por ello. Preguntadle si es elogioso y digno de un hombre y de un cristiano —de nuevo por dinero— predicar deliberadamente no el cristianismo, sino una serie de absurdas y perniciosas supersticiones; o si lo es quitar al semejante lo imprescindible para su subsistencia a fin de satisfacer los propios caprichos, tal y como hacen los grandes terratenientes; o forzarle a realizar un trabajo inhumano, que acaba con su vida, para aumentar las riquezas, tal y como hacen los propietarios de las fábricas; o si lo es aprovecharse de las necesidades básicas de la gente, tal y como hacen los comerciantes. Y cualquier individuo por separado, especialmente si habla sobre otras personas, responderá que no, que no es elogioso ni digno. Pero al mismo tiempo, este individuo que reconoce toda la infamia de tales conductas, sin ser forzado a ello y, en ocasiones, incluso sin el aliciente de obtener un beneficio económico, y sólo por vanidad infantil, por un ridÃculo oropel de porcelana, una banda o un galón que le permiten lucir, se alista voluntariamente en el ejército, se hace juez de instrucción, juez de paz, ministro, subcomisario de distrito, obispo o diácono; en definitiva, ocupará puestos en los que se verá obligado a participar en todos estos actos, cuya desvergüenza e infamia no puede ignorar. Sé que muchos de estos hombres tratarán de demostrar con suficiencia que sus actos son no sólo legÃtimos, sino incluso necesarios; dirán en su defensa que el poder de las autoridades emana de Dios, que los funcionarios de un Estado son imprescindibles para el bien de la humanidad, que la riqueza no contraviene el cristianismo, que lo que se le dijo al joven rico era que debÃa entregar sus posesiones, pero únicamente si deseaba alcanzar la perfección, que la actual distribución de las riquezas y su comercio son válidas, y que todo el mundo sale beneficiado de ello, etcétera. Sin embargo, por más que traten de engañarse a sà mismos y al resto, saben que lo que hacen es contrario a todo aquello en lo que creen y en cuyo nombre viven, y en el fondo de su alma, cuando se quedan solos con su conciencia, sienten vergüenza y dolor al recordar su modo de actuar, sobre todo si se les menciona cuán infame resulta su labor. Un hombre de nuestro tiempo, crea o no crea en la divinidad de Dios, no puede ignorar —ya sea en calidad de zar, ministro, gobernador o subcomisario de policÃa— que arrebatar a una familia pobre su última vaca en concepto de impuestos para la fabricación de cañones, o para pagar el sueldo y las pensiones de funcionarios ociosos y holgazanes que viven a lo grande; encarcelar a un padre de familia al que nosotros mismos hemos corrompido y dejar a su familia en la miseria; participar en los saqueos y asesinatos que conllevan las guerras; inculcar en lugar de la ley de Dios, la idolatrÃa salvaje y la superstición; apropiarse de una vaca que se ha adentrado en una propiedad y que pertenece a un hombre que no posee tierras; descontarle del sueldo a un hombre que trabaja en una fábrica aquello que sin querer ha dañado; hacerle pagar a un pobre el doble por un artÃculo simplemente porque se encuentra en la más extrema miseria…: todo ello son conductas detestables y vergonzosas que no se deberÃan producir, y no hay ni un solo hombre de nuestro tiempo que no sepa todo esto. Todos ellos lo saben. Saben que lo que hacen está mal, y no lo harÃan por nada del mundo si estuvieran en condiciones de enfrentarse a aquellas fuerzas que les cierran los ojos a la criminalidad de sus actos y que les empujan a cometerlos.