El reino de Dios esta en vosotros
El reino de Dios esta en vosotros Si se tratara de revolucionarios, que propugnan la violencia y el asesinato, y que cometen tales actos, el modo de actuar sería simple: a una parte de ellos se les sobornaría, a otra se les engañaría y a otra se les atemorizaría; y aquellos que no se dejaran sobornar, engañar ni atemorizar serían presentados como malhechores y enemigos de la sociedad, serían ejecutados o encarcelados, y el pueblo aprobaría el modo de proceder del gobierno. Si se tratara de fanáticos que propugnan alguna creencia religiosa particular, se podría refutar lo que su fe contiene de verdadero porque su doctrina está mezclada con engañosas supersticiones. Pero ¿qué hacer con personas que no propugnan ninguna revolución ni ningún dogma religioso particular, sino que simplemente, al no desear causar el mal a nadie, se niegan a prestar juramento de obediencia, a pagar tributos, a participar en procesos judiciales, a servir en el ejército y a participar en los deberes sobre los que se basa toda la estructura estatal? Es imposible sobornarlos: ya el mismo riesgo al que se exponen voluntariamente muestra su integridad. Engañarlos con la idea de que esto es lo que quiere Dios es también imposible, porque su negativa se fundamenta en la clara e indudable ley divina que también profesan quienes tratan de forzarlos a que actúen en contra de ésta. Amedrentarlos con amenazas es aún menos posible, porque las privaciones y padecimientos a los que se verán expuestos por su profesión de fe no hace más que reforzar esta fe, y en su ley se dice claramente que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, y que no hay que temer a aquellos que pueden destruir el cuerpo, sino a aquello que puede destruir el cuerpo y el alma. Tampoco pueden ejecutarlos ni encerrarlos para siempre. Estos hombres tienen pasado, amigos, su modo de pensar y actuar es conocido, todo el mundo los considera gente bondadosa y pacífica, y es imposible hacerlos pasar por unos malvados a los que es necesario apartar de la sociedad para protegerla. Y ejecutar a unos hombres a los que todo el mundo tiene por buenos alzaría a personas en su defensa que explicarían el motivo de su negativa a obedecer. Y basta con que se explicara el motivo de tal negativa para que a todo el mundo le quedara claro que las razones por las que estos cristianos se niegan a cumplir las exigencias estatales son extensibles a todos los hombres, y que todos tendrían que haber hecho lo mismo hace ya tiempo.