El reino de Dios esta en vosotros
El reino de Dios esta en vosotros Para que se comprenda bien cómo se llevan a cabo estos asuntos describiré a continuación lo que sucedió en Oriol con el beneplácito de las altas autoridades. Exactamente del mismo modo que en la provincia de Tula, un terrateniente tenía la intención de privar a unos campesinos de unos bienes, y éstos se opusieron. El propietario, sin el consentimiento de los campesinos, se disponía a construir un dique en su molino, y como resultado el agua inundaba los prados de aquéllos, que se opusieron. El terrateniente presentó una queja ante el presidente del zemstvo[46], quien de forma ilegal (como posteriormente reconoció un tribunal) resolvió en su favor y le autorizó a subir el nivel del agua. El terrateniente envió a varios trabajadores a represar el agua que corría por la zanja. Los campesinos, indignados con esta resolución, enviaron a sus mujeres a que impidieran a los trabajadores represar la zanja. Éstas se encaminaron hacia el dique, volcaron los carros de los trabajadores y los echaron. El terrateniente denunció a las mujeres por desobedecer, y el presidente del zemstvo dio la orden de arrestar a una mujer de cada casa que hubiera en la aldea y meterla en prisión. La orden no era fácil de ejecutar ya que había más de una mujer por casa, y al no saber a cuál de ellas arrestar, la policía no hizo nada. El presidente se quejó ante el gobernador de que sus órdenes no habían sido cumplidas, y éste, sin haber examinado el caso, ordenó con severidad al jefe de policía de distrito hacer cumplir de inmediato la resolución del presidente del zemstvo. El jefe de policía, acatando las órdenes de su superior, se dirigió al pueblo y, con la característica falta de respeto que en Rusia se muestra hacia las personas, ordenó a sus hombres arrestar a una mujer de cada casa. Pero a pesar de que en cada casa había más de una mujer y no podían saber a cuál de ellas arrestar, lo que provocó toda clase de disputas y forcejeos, el jefe de policía mantuvo su orden: había que arrestar a una mujer, fuera la que fuera, de cada casa y llevarla a prisión. Los mujiks se lanzaron a defender a sus esposas y madres, no permitieron que se las llevaran y golpearon tanto a los policías como al jefe de éstos. Habían cometido un nuevo y terrible delito: resistencia a la autoridad, y este hecho fue denunciado en la ciudad. Y he aquí que el gobernador, como hiciera también el de Tula, llegó al lugar de los hechos en un tren especial, con un batallón de soldados armados con fusiles y azotes, valiéndose de telégrafos, teléfonos y ferrocarriles, acompañado por un instruido doctor cuya misión era velar porque la fustigación se realizara en condiciones higiénicas, personificando así perfectamente al «Gengis Khan con telégrafos» augurado por Herzen.