El reino de Dios esta en vosotros

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El campesino suplicó clemencia, pero al ver que era inútil, se santiguó y se estiró. Dos guardias lo agarraron, mientras el instruido doctor permanecía ahí de pie, listo para proporcionar la ayuda médica y científica oportuna. Los presidiarios, tras escupirse en las manos, blandieron los azotes y comenzaron con el tormento. Resultó que el banco era demasiado estrecho y resultaba difícil sostener a aquel hombre, que no de jaba de retorcerse. Entonces el gobernador ordenó traer otro banco y colocar un tablón. Sus hombres, llevándose la mano a la visera a la vez que decían: «A sus órdenes, su excelencia,» cumplieron apresurados y sumisos la orden. Entretanto esperaba el torturado, medio desnudo y pálido, frunciendo el ceño y mirando al suelo, con la mandíbula temblorosa y los pantalones bajados. Cuando hubieron juntado los dos bancos, lo volvieron a estirar sobre éstos y empezó a ser azotado de nuevo por los cuatreros. Tanto la espalda, como las nalgas y muslos, e incluso las caderas, se le llenaban cada vez de más y más heridas y cardenales, y con cada nuevo golpe el hombre emitía un sonido sordo que no podía contener. De entre el gentío que había alrededor se empezaron a oír los sollozos de la mujer, de la madre, de los hijos y de los parientes del torturado, y también los de todos aquéllos a quien aguardaba el mismo castigo.



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