El reino de Dios esta en vosotros
El reino de Dios esta en vosotros Procedieron del mismo modo con el segundo, tercero, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno, décimo, undécimo y duodécimo hombre: a cada uno de ellos le propinaron setenta latigazos. Todos ellos imploraron clemencia, gimieron y gritaron. El sollozo y los quejidos de las mujeres eran cada vez más fuertes y desgarrados, y los rostros de los hombres se tornaban cada vez más y más sombríos. Pero a su alrededor permanecían las tropas, y la tortura no cesó hasta que no fue llevada hasta el punto que, por algún extraño motivo, le parecía necesario al capricho de ese infeliz, medio embriagado y extraviado, llamado gobernador.
Los funcionarios, oficiales y soldados no sólo fueron testigos de todo esto, sino que con su presencia se convirtieron en cómplices, vigilando que la muchedumbre no alterara el cumplimiento de aquel acto estatal.
Al preguntar a uno de los gobernadores por qué llevaban a cabo estos castigos cuando la gente ya se había sometido y las tropas ya habían tomado la aldea, me respondió, con el aire importante de un hombre que conoce todas las sutilezas de la sabiduría estatal, que se hacía porque la experiencia había demostrado que si los campesinos no eran castigados, empezaban de nuevo a oponer resistencia ante las órdenes de las autoridades. Que el sometimiento al castigo consolidaba para siempre en algunos el acatamiento de las decisiones de las autoridades.