El reino de Dios esta en vosotros
El reino de Dios esta en vosotros A principios de noviembre, viajando por Tula, vi ante las puertas del Consejo del zemstvo, como otras veces, algo que me resultaba familiar: una muchedumbre de campesinos entre la que se podían distinguir voces de hombres embriagados y aullidos lastimosos de madres y mujeres. Se trataba de un reclutamiento.
Nunca puedo pasar de largo y dejar de presenciar semejante espectáculo, que me atrae hacia sí con una especie de efecto embrujador. Como en ocasiones anteriores me mezclé entre el gentío, observé, pregunté, y me asombré de cómo se puede cometer sin trabas este espantoso crimen, a plena luz del día y en medio de una gran ciudad.
Como todos los años, en todas las aldeas y pueblos de la Rusia de cien millones de habitantes, a primeros de noviembre los stárosti[49] habían reunido a todos los muchachos cuyos nombres aparecieran en una lista —a menudo se trataba de sus propios hijos— y los habían llevado a la ciudad.
Por el camino los reclutas habían bebido con desenfreno; los superiores no se lo habían impedido porque comprendían que partir hacia algo tan demente como a lo que se dirigían, abandonando a mujeres y madres, abjurando de todo lo sagrado sólo para convertirse en armas asesinas y sin sentido, es demasiado atroz si uno no va bebido.