El reino de Dios esta en vosotros
El reino de Dios esta en vosotros De pronto pasa un carruaje ligero en el que viaja un hombre de pelo largo con un atavío característico que le diferencia de todos; se baja del vehículo y se acerca al edificio del Consejo del zemstvo. Los guardias le abren paso entre el gentío. Se trata de un «padre» que ha venido a tomar el juramento militar. Y este «padre,» al cual han hecho creer que es un servidor de Dios especial y exclusivo, que con frecuencia no percibe el engaño en el que vive, entra en la habitación donde esperan los reclutas, se pone una casulla brocada y libera su largo cabello de debajo. Abre el Evangelio —el mismo que prohíbe jurar—, coge una cruz —la misma en la que Cristo fue crucificado por no hacer precisamente lo que ordena este supuesto servidor suyo— y los coloca sobre un atril; todos los infelices, indefensos y engañados muchachos repiten la mentira que tan valiente y rutinariamente él pronuncia. Él lee y ellos repiten: «Prometo y juro por Dios Todopoderoso ante el Santo Evangelio… etcétera… defender… (es decir, matar a quien me ordenen, hacer todo cuanto me manden unos hombres a los que no conozco y a los que únicamente soy necesario para cometer unos crímenes gracias a los cuales se mantienen en su posición y oprimen a mis hermanos)». Todos los reclutas repiten estúpidamente estas palabras salvajes, y el así llamado «padre» se marcha con la conciencia de haber cumplido su deber con corrección y diligencia, y los muchachos engañados consideran que estas palabras absurdas que no comprenden y que acaban de pronunciar, los han liberado para todo el tiempo que sirvan en el ejército de sus obligaciones como hombres y les han ligado a otras obligaciones nuevas y más importantes como soldados.