Guerra y Paz
Guerra y Paz Me he despertado tarde. He leído las Sagradas Escrituras, pero sin sentir emoción. Después he paseado un rato por la sala. Quería meditar, pero la imaginación me ha hecho rememorar cierto acontecimiento de hace cuatro años. El señor Dólojov, cierta vez que me lo encontré en Moscú después del duelo, me dijo: “Espero que goce de una perfecta calma de espíritu, a pesar de la ausencia de su esposa”. Entonces no le contesté. Ahora he recordado todos los detalles y mentalmente le he dicho las cosas más atroces y agresivas, pero conseguí no pensar en ello cuando ya estaba dominado por la cólera, aunque el arrepentimiento no fue completo. Después vino Borís Drubetskói y se puso a contar diversas aventuras. Yo, que estaba de mal humor desde que vino, le dije algo desagradable. Él me replicó. Me enfurecí y le dije un cúmulo de cosas molestas y hasta groseras. Él se calló y yo me di cuenta de lo que había hecho cuando ya era tarde. ¡Dios mío! No sé comportarme con él. La causa de todo es mi amor propio. Me creo superior y eso me hace mucho peor que él, porque él es indulgente con mis intemperancias y yo, por el contrario, lo desprecio. ¡Dios mío, concédeme que en su presencia comprenda mejor mi bajeza y pueda portarme de manera que le sea útil también a él! Después de la comida he dormido un poco y, mientras me adormecía, pude oír una voz clara que murmuraba a mi oído izquierdo: “Es tu día”.