Guerra y Paz

Guerra y Paz

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He soñado que Osip Alexéievich estaba en mi casa y yo, contentísimo, deseaba obsequiarlo. Soñaba que me había puesto a charlar con unos extraños y, de pronto, me di cuenta de que eso no podía gustarle y quise acercarme a él para abrazarlo. Pero en cuanto me acerqué vi que su rostro había cambiado; estaba rejuvenecido y, en voz baja, me decía algo sobre la doctrina de la Orden, pero tan baja que me fue imposible oírlo. Luego salimos todos de la habitación y entonces sucedió algo extraño: estábamos sentados o tendidos en el suelo. Él hablaba conmigo, y yo, queriendo demostrarle cuán sensible era, comencé, sin escucharlo, a imaginar el estado de mi yo íntimo y la gracia de Dios que me había esclarecido. Las lágrimas asomaron a mis ojos y quedé contento de que él pudiera verlas. Pero Osip Alexéievich me miró con despecho y se apartó de mí, cesando de hablar. Esto me intimidó y le pregunté si lo que estaba diciendo se refería a mí. No respondió nada, pero se mostró cariñoso y en seguida, de improviso, nos vimos de nuevo en mi dormitorio, donde hay una cama de matrimonio. Se acostó a un lado y yo estaba acuciado por el deseo de acariciarlo y tumbarme a su lado. Y soñé que me preguntaba: “Diga la verdad: ¿cuál es su pasión principal? ¿Lo sabe ya? Creo que ya debe saberlo”. Turbado por su pregunta, contesté que mi defecto principal era la pereza. Movió la cabeza como si dudara, y yo, más turbado aún, le dije que, siguiendo su consejo, vivía con mi mujer pero no era un marido para ella. Me respondió que no debía privar a mi esposa de mi cariño y me dio a entender que ése era mi deber. Pero repliqué que me avergonzaría de ello; y en ese instante todo desapareció. Al despertarme, recordé este texto de las Sagradas Escrituras:


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