Guerra y Paz

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La condesa señaló a Caulaincourt y preguntó quién era.

—Es el embajador francés— contestó Perónskaia. —Parece un rey. A pesar de todo, los franceses son simpáticos, simpatiquísimos. Nadie hay tan agradable como ellos para estar en sociedad. ¡Ah, ya está aquí! ¡Lo cierto es que no hay otra como nuestra María Antónovna! ¡Con qué sencillez viste! ¡Es un encanto!

—Y aquel señor grueso con lentes es francmasón universal— dijo, señalando a Pierre Bezújov; —viéndolo al lado de su mujer es un verdadero estafermo.

Balanceando su grueso cuerpo, Pierre se abría paso entre la gente sin dejar de saludar con movimientos de cabeza a diestro y siniestro con bonachonería y despreocupación, como si estuviese en un mercado atestado de gente.

Natasha miró con alegría el rostro conocido de Pierre, el estafermo, como lo llamaba Perónskaia. Sabía que Bezújov los buscaba a ellos entre los invitados, y especialmente a ella. Pierre había prometido asistir a la fiesta y presentarle algunos jóvenes para que la sacasen a bailar.


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