Guerra y Paz
Guerra y Paz “Las hay como nosotras y las hay peores”, pensó.
Perónskaia iba diciendo a la condesa quiénes eran las personas más importantes que habían acudido a la fiesta.
—Aquél es el embajador de Holanda, aquel de pelo gris…— e indicaba a un viejecillo de abundante cabellera plateada y ensortijada, rodeado de señoras a las que hacía reír.
—Y ahí tiene a la reina de San Petersburgo, la condesa Bezújov— añadió señalando a Elena, que entraba en aquel momento. —¡Qué bella es! Nada tiene que envidiar a María Antónovna. Fíjese cómo jóvenes y viejos la rodean. Bella e inteligente… Dicen que el príncipe… está loco por ella… En cambio esas dos, aunque no son bellas, van aún más acompañadas.
Y señaló a una dama que con una hija muy fea cruzaba la sala.
—Es una novia con muchos millones— explicó Perónskaia, —y aquí están los novios.
—Ése es el hermano de la condesa Bezújov, Anatole Kuraguin— y señaló a un apuesto caballero de la Guardia que pasó ante ellas y desde la altura de su levantada cabeza miraba a lo lejos sin fijarse en las damas. —Es guapo, ¿verdad? Lo casan con aquella millonaria… También su cousin Drubetskói le hace la corte. Se habla de millones.