Guerra y Paz

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Natasha miraba a los espejos y no conseguía ver su imagen entre las otras: todo se mezclaba en una brillante procesión. Al entrar en la primera sala el murmullo uniforme de las voces, los pasos y los saludos la aturdieron. La luz y el resplandor la cegaron más todavía. Los dueños de la casa, que desde hacía media hora estaban recibiendo a sus invitados, los saludaban con las mismas palabras —“Charmé de vous voir”[300]— y acogieron con idéntica cortesía a los Rostov y a Perónskaia.

Las dos muchachas, ambas de blanco con rosas iguales en el pelo negro, hicieron la misma reverencia, pero la dueña de la casa se fijó más en la delgada Natasha. Para ella tuvo una sonrisa especial, además de la que a todos repartía. Tal vez recordara al mirarla sus tiempos felices de jovencita y su primer baile. También el señor de la casa siguió con los ojos a Natasha y preguntó al conde cuál era su hija.

—Charmante!— dijo, besando las puntas de sus dedos.

En la gran sala de baile los invitados se agrupaban cerca de las puertas, esperando la llegada del Emperador. La condesa se situó en las primeras filas. Natasha oyó y sintió que algunos hablaban de ella y la miraban. Comprendió que gustaba a cuantos la miraban y eso la tranquilizó un poco.


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