Guerra y Paz

Guerra y Paz

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En el aire frío y húmedo, entre las apreturas y los balanceos de la oscura carroza, Natasha se imaginó vivamente, por primera vez, lo que iba a ver allí, en el baile, en las salas resplandecientes: la música, las flores, la danza, el Emperador y toda la brillante juventud de San Petersburgo. Le parecía tan hermoso que no podía ni creer que así fuera; tan diferente era aquello de la sensación de oscuridad, frío y apretura que reinaba en el carruaje. Tan sólo cuando pisó la alfombra roja de la entrada, entró en el vestíbulo, se quitó el abrigo de piel y avanzó con Sonia delante de su madre por la iluminada escalinata flanqueada de flores comprendió lo que vería después. Sólo entonces recordó cómo debía portarse en el baile e intentó adoptar un aire majestuoso que, según pensaba, convenía a una muchacha de su edad en tales circunstancias. Por suerte advirtió que los ojos se le iban de un lado a otro; no veía nada con claridad, sus pulsaciones pasaban de cien y la sangre afluía a su corazón. Le fue imposible adoptar el porte que la habría hecho ridícula; iba temblorosa de emoción, tratando por todos los medios de ocultarla. Pero eso, precisamente, era lo que mejor le convenía. Delante y detrás de ellas, conversando también en voz baja, entraban los invitados vestidos de gala. En los espejos de la escalera, las figuras de las señoras se reflejaban con sus vestidos blancos, azules y rosados, con diamantes y perlas en los brazos y cuellos desnudos.


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