Guerra y Paz
Guerra y Paz Después del príncipe Andréi, se acercó Borís invitándola a bailar; y cuando la dejó Borís, danzó con el ayudante de campo que había abierto el baile y después con otros jóvenes. Natasha, animada y feliz, cedía a Sonia sus numerosos caballeros. Bailó la noche entera, sin descanso. No reparó en nada de lo que parecía interesar a todos. No se dio cuenta de la prolongada conversación del Emperador con el embajador de Francia, ni de la peculiar amabilidad que mostró hacia una dama, ni de que tal o cual príncipe había hecho tal o cual cosa, ni del éxito de Elena, a la que tal personaje había distinguido con atención especial. Ni siquiera miraba al Zar y se percató de su marcha porque, desde entonces, el baile se hizo más animado.
El príncipe Andréi bailó de nuevo con Natasha un alegre cotillón que precedió a la cena. Le recordó su primer encuentro en el jardín de Otrádnoie, la noche a la luz de la luna, cuando no podía dormir, y la conversación de la ventana, involuntariamente oída. Natasha enrojeció al oírlo y trató de justificarse como si hubiera algo vergonzoso en el sentimiento que, sin quererlo, había sorprendido el príncipe Andréi.
