Guerra y Paz

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XIX

Al día siguiente el príncipe Andréi fue a visitar a ciertas personas en cuyas casas no había estado aún, y entre ellas a los Rostov, cuya amistad fue renovada en el último baile. Además del deber de cortesía, lo llevaba allí el deseo de ver en la intimidad a la muchacha original y llena de vitalidad que tan grato recuerdo le dejara.

Natasha fue una de las primeras en salir a su encuentro. Llevaba un vestido azul de gasa con el cual pareció al príncipe aún mejor de como la viera en el baile. Ella y toda la familia lo acogieron como a un viejo amigo, con sencillez cordial. Esta familia, a la que en otros tiempos juzgara con tanta severidad, le pareció ahora sencilla y amable. La hospitalidad campechana del viejo conde, especialmente agradable en San Petersburgo, era tan sincera que el príncipe Andréi no pudo rehusar la invitación de quedarse a comer con ellos. “Es una familia buena, excelente —pensaba Bolkonski—, que no sabe ni se imagina el tesoro que tiene en Natasha. Magníficas personas, que forman el mejor fondo para esta encantadora muchacha tan poética y llena de vida.”



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