Guerra y Paz

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Mijaíl Nikanórovich cantaba como canta el pueblo, con la convicción absoluta e ingenua de que todo el sentido de las canciones está en la letra y que la melodía venía por sí misma: que no existe sin la letra, y servía tan sólo para marcar la cadencia. Por ello, el motivo musical inconsciente —como suele ser el motivo musical del pájaro— resultaba tan bello cantado por el tío. Natasha estaba entusiasmada con las canciones de su tío. Decidió que dejaría el arpa y estudiaría la guitarra únicamente. Pidió al tío la guitarra y encontró sin tardanza los acordes de una canción. Cerca de las diez llegaron tres hombres a caballo, enviados con dos carruajes desde Otrádnoie en busca de los jóvenes. El enviado explicó que los condes, desconocedores de dónde se hallaban sus hijos, estaban muy preocupados. Llevaron a Petia dormido y lo colocaron en uno de los coches. Natasha y Nikolái se acomodaron en otro. El tío abrigó a Natasha y se despidió de ella con un nuevo sentimiento de ternura. Los acompañó a pie hasta el puente, que debían rodear para cruzar el río por el vado, y ordenó que los cazadores fueran con linternas por delante.

—¡Hasta la vista, querida sobrina!— gritó en la oscuridad.

Su voz no era la que Natasha conocía de otras veces, sino la que había cantado la canción de la nieve.


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