Guerra y Paz
Guerra y Paz En la aldea que cruzaban brillaban luces rojizas y el aire olÃa alegremente a humo.
—¡Qué encantador es el tÃo!— dijo Natasha cuando salieron al camino.
—S× contestó Nikolái. —¿Tienes frÃo?— preguntó.
—No. Me encuentro muy bien, estoy perfectamente— respondió Natasha algo perpleja.
Callaron durante largo tiempo. La noche era húmeda y oscura. No se veÃan los caballos; sólo podÃa oÃrse su chapoteo en el fango invisible.
¿Qué estaba ocurriendo en aquel espÃritu infantil y sensible, que tan vivamente percibÃa y asimilaba las impresiones más diversas de la vida? ¿Cómo se acomodaban en su alma todas esas impresiones? Comoquiera que fuese, Natasha se sentÃa muy feliz. Se acercaban ya a la casa cuando entonó La nieve, por la noche, melodÃa que habÃa buscado durante todo el camino y logró captar por fin.
—¿Lo conseguiste?— dijo Nikolái.
—¿En qué estabas pensando ahora, Nikolái?— preguntó Natasha.
Les gustaba hacerse esa pregunta el uno al otro.