Guerra y Paz
Guerra y Paz Cuando Anna Mijáilovna salió con su hijo hacia la casa del conde Kiril Vladimírovich Bezújov, la condesa Rostova permaneció sentada, sola, llevándose el pañuelo a los ojos. Por último, tocó la campanilla.
—¡Cómo, querida!— dijo enfadada a la doncella, que la había hecho esperar varios minutos. —Si no quiere atenderme le encontraré otro puesto.
La condesa estaba apesadumbrada por el dolor y la humillante pobreza de su amiga. De ahí el pésimo humor que se manifestaba siempre llamando “querida” a la camarera y tratándola de usted.
—Perdón— dijo la sirvienta.
—Diga al conde que lo espero.
El conde, balanceándose, se acercó a su mujer con aire un poco culpable, como siempre.
—Bueno, condesita: ¡qué sauté au madère[88] de ortegas vamos a tener hoy, ma chère! Lo he probado. No en vano pagué mil rublos por Tarás, los vale.
Tomó asiento junto a su esposa, y con los codos gallardamente apoyados en las rodillas comenzó a revolverse el cabello gris.
—¿Qué ordena la condesita?
—Pues, verás, amigo mío… Pero ¿qué mancha es ésa?— dijo, señalando el chaleco. —Seguro que es del sauté…— añadió sonriente. —Lo que pasa, conde, es que necesito algún dinero.
