Guerra y Paz
Guerra y Paz Sólo a la vieja condesa, en la cama, habría podido contar Natasha cuanto pensaba. Sonia, con sus principios severos y simples, no habría entendido nada y habría quedado horrorizada ante su confesión. Sola consigo misma, Natasha trataba de resolver el problema que la torturaba.
“¿Estoy perdida o no para el amor del príncipe Andréi? —se preguntaba, y con una sonrisa irónica se tranquilizaba a sí misma—: ¡Qué tonta soy al preguntármelo! ¿Qué ha ocurrido? ¡Nada! No hice nada, yo no he provocado esto. Nadie lo sabrá y no volveré a verlo. Quiere decir que no ha ocurrido nada, y de nada tengo que arrepentirme; el príncipe Andréi puede amarme tal como soy… Pero, ¿cómo soy? ¡Oh, Dios mío!, Dios mío! ¿Por qué no está él aquí?” Natasha se calmaba por un instante, pero un cierto sentido le decía que aunque todo aquello fuese verdad, aunque nada hubiese sucedido, ya no existía la antigua pureza de su amor por el príncipe Andréi. Volvió a recordar toda la conversación con Kuraguin, evocó su rostro, sus gestos, la tierna sonrisa de aquel hombre atractivo y audaz cuando le apretaba el brazo para ayudarla a subir al coche.