Guerra y Paz

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En más de una ocasión había causado serias inquietudes a sus padres con su despreocupación por hacer carrera y su desprecio por todos los honores. No era tacaño ni negaba ayuda a quien se la pidiera. Las únicas cosas que amaba eran las diversiones y las mujeres; y como, según su juicio, ninguna de esas cosas nada tenía de innoble, y como era incapaz de pensar en el daño que la satisfacción de sus deseos podía ocasionar a otras personas, se consideraba un hombre irreprochable, despreciaba sinceramente a los miserables y malvados y, con la conciencia tranquila, caminaba con la cabeza alta.

Entre los juerguistas, entre los “hombres magdalenas”, existe el secreto sentimiento de su inocencia, basado, como en las mujeres magdalenas, en esa misma esperanza del perdón. “A ella se le perdonará todo, porque ha amado mucho, y a él se le perdonará todo porque se ha divertido mucho.”

Dólojov, que reaparecía aquel año en Moscú después de su destierro y sus aventuras en Persia y que llevaba la vida lujosa del juego y la disipación, intimó con su viejo camarada Kuraguin y se aprovechó de él para sus fines.



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