Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Mademoiselle Georges, con sus gruesos brazos desnudos con hoyuelos y un chal rojo sobre un hombro, avanzó hacia el espacio libre dejado para ella entre las sillas y se detuvo con estudiada postura. Se oyeron susurros de admiración.

Mademoiselle Georges, con aire severo y sombrío, miró al público y comenzó a recitar en francés unos versos que se referían al amor criminal de una madre por su hijo. Al llegar a ciertos pasajes, alzaba la voz; en otras ocasiones, susurraba, irguiendo triunfalmente la cabeza, y en otras se detenía y respiraba fatigada, desorbitados los ojos.

—Adorable, divin, délicieux!— se oía por todas partes.

Natasha miraba a la gruesa mademoiselle Georges y no oía, ni veía, ni comprendía nada de cuanto pasaba ante ella.

Sentía tan sólo que estaba apresada de nuevo, irremisiblemente, en aquel mundo extraño, demente, tan distinto del que conocía hasta entonces, donde no se distinguía el bien del mal, lo razonable de lo insensato. Detrás de ella estaba Anatole, y sintiéndolo tan próximo, asustada, esperaba algo.

Concluido el primer monólogo, se levantaron todos y rodearon a mademoiselle Georges para expresarle su entusiasmo.


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