Guerra y Paz
Guerra y Paz Natasha se acercó de nuevo a la mesa y, sin reflexionar un solo instante, escribió a la princesa María la respuesta que no había podido escribir toda la mañana. Se limitaba a decir que todos los malentendidos entre ellas habían concluido y que, aprovechando la magnanimidad del príncipe Andréi, que antes de partir al extranjero la había dejado en libertad, le rogaba que olvidara todo lo ocurrido, que la perdonara si era culpable de algo ante ella, pero que no podía ser la esposa del príncipe. En aquel momento todo le parecía muy fácil, sencillo y claro.
El viernes los Rostov debían regresar a Otrádnoie. El miércoles el conde marchó con el comprador a su finca de los alrededores de Moscú. Ese día Sonia y Natasha estaban invitadas a una comida de gala en casa de los Kuraguin, y María Dmítrievna las llevó.
En esa comida Natasha se vio de nuevo con Anatole, y Sonia observó que se hablaban a escondidas y que su amiga parecía más inquieta que antes. Cuando volvieron a casa se adelantó a dar a Sonia las explicaciones que ésta esperaba.
—Ya lo ves, Sonia: has dicho muchas tonterías sobre Anatole— comenzó, con voz dulce, como la que emplean los niños cuando quieren que los elogien. —Hemos tenido hoy una explicación.