Guerra y Paz

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Sin contestar, María Dmítrievna abrió la puerta y entró. “Infame, miserable chiquilla, y en mi casa… Su padre es el que me da lástima —pensaba María Dmítrievna tratando de calmarse—. Por difícil que sea, haré lo posible para que no se entere el conde; ordenaré a todos que guarden silencio.” María Dmítrievna entró con paso resuelto. Natasha, inmóvil, seguía echada en el diván, con la cabeza entre las manos en la misma posición en que la había dejado María Dmítrievna.

—¡Vaya con la niña buena! ¡Citar a tus amantes en mi casa! Basta ya de fingir… ¡Escúchame cuando te hablo!— María Dmítrievna la tocó en el brazo. —Escucha cuando yo te hablo. Te has cubierto de vergüenza como la última mujerzuela. Ya te arreglaría yo las cuentas, pero me da lástima tu padre. Lo ocultaré.

Natasha seguía sin moverse; pero todo su cuerpo fue sacudido por sollozos silenciosos y convulsos, que la sofocaban. María Dmítrievna miró a Sonia y se sentó en el diván, al lado de Natasha.

—Puedes dar gracias a que ha escapado, pero lo encontraré— dijo con su voz ruda. —¿Oyes lo que te digo?— introdujo una de sus grandes manos bajo el rostro de Natasha y lo volvió hacia sí. Tanto María Dmítrievna como Sonia quedaron asustadas al ver aquel rostro. Tenía los ojos brillantes y secos, los labios apretados y las mejillas hundidas.


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