Guerra y Paz

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VII

Después de cuanto le había dicho Napoleón, de sus accesos de cólera y de sus últimas palabras dichas secamente: “Je ne vous retiens plus, général, vous recevrez ma lettre" —pronunciadas con frialdad—, Bálashov estaba convencido de que Napoleón no sólo no quería verlo más, sino que procuraría evitar cualquier entrevista con un embajador ofendido, testigo, además, de sus indignantes transportes de ira. Pero, con gran asombro de su parte, recibió por mediación de Duroc la invitación para sentarse aquel día a la mesa del Emperador.

Bessières, Caulaincourt y Berthier asistían a la comida.

Napoleón recibió a Bálashov con aire alegre y afable. Lejos de mostrar embarazo o vergüenza por su cólera de la mañana, trataba de animar a Bálashov. Era evidente que, desde hacía tiempo, Napoleón no admitía la posibilidad de equivocarse y estaba persuadido de que todo cuanto hacía estaba bien, no porque sus actos respondieran a una concepción del bien y del mal, sino porque era él quien los hacía.



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