Guerra y Paz

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—Él debe saber que lo haré— añadió, apartando con la mano su taza y levantándose. —Expulsaré de Alemania a todos sus parientes: los Würtemberg, los Baden, los Weimar… Sí, los expulsaré a todos. ¡Que vaya pensando en prepararles refugio en Rusia!

Bálashov inclinó la cabeza, dando a entender con su aspecto que desearía retirarse y que si escuchaba lo que le estaban diciendo era porque no podía hacer otra cosa. Napoleón no lo advirtió siquiera. Hablaba a Bálashov no como a un embajador de su enemigo, sino como a un hombre que le fuera absolutamente fiel ahora y que debía alegrarse de la humillación de su antiguo señor.

—¿Y para qué tomó el emperador Alejandro el mando de sus tropas? ¿Por qué? La guerra es mi oficio; el suyo es reinar, no mandar ejércitos. ¿Por qué ha tomado esa responsabilidad?

Napoleón sacó una vez más su tabaquera; dio unos pasos en silencio y, de pronto, inesperadamente, se acercó a Bálashov; y con una ligera sonrisa, con seguridad, rápida y sencillamente, como si esto fuera no sólo importante, sino muy agradable para Bálashov, levantó la mano hacia el rostro del general ruso, un hombre de cuarenta años, y le tiró ligeramente de la oreja sin dejar de sonreír.

Avoir l'oreille tirée par l'Empereur[362] era, en la Corte francesa, el mayor de los honores y una gran merced.


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