Guerra y Paz

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Existe en el ser humano, después de comer, una disposición de ánimo que, más fuerte que cualquier otra causa racional, lo lleva a sentirse satisfecho de sí mismo y a ver en cada uno de cuantos lo rodean un amigo. El Emperador estaba en esa disposición: le parecía estar en medio de hombres que lo adoraban, que hasta Bálashov, después de la comida, era un amigo y un adorador. Napoleón se volvió a él con una sonrisa amable y un tanto burlona.

—Me han dicho que esta misma habitación la ocupaba el emperador Alejandro. Es extraño… ¿verdad, general?— dijo, sin dudar, por lo visto, que semejante recuerdo debía ser agradable a su interlocutor, puesto que era una prueba de su superioridad sobre el Soberano ruso.

Bálashov no pudo contestar nada e inclinó la cabeza en silencio.

—Sí, en esta misma estancia, hace apenas cuatro días, discutían Wintzingerode y Stein— prosiguió Napoleón seguro de sí mismo, con la misma sonrisa burlona. —Lo que no puedo entender es que el emperador Alejandro se haya rodeado de todos mis enemigos personales. No lo… entiendo. ¿No ha pensado que yo podría hacer lo mismo?— preguntó a Bálashov. Ese recuerdo lo llevaba de nuevo, sin duda, hacia la pendiente de la cólera de aquella mañana, todavía fresca en él.


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