Guerra y Paz
Guerra y Paz En el albergue, a cuya puerta estaba el carruaje del médico, había cinco oficiales. María Enríkovna, una joven alemana rubia y regordeta, estaba sentada en una esquina del ancho banco, en chambra y cofia de dormir; su marido, el doctor, dormía detrás de ella. Rostov e Ilín fueron recibidos con alegres exclamaciones y estallidos de risa.
—¡Vaya! ¡Menuda fiesta tenéis!— dijo Rostov riendo también.
—¿Y vosotros qué, papando moscas?— ¡Cómo se han puesto! ¡Vienen chorreando! No nos manchéis el salón.
—¡Cuidado con el vestido de María Enríkovna!— les respondieron varias voces.
Rostov e Ilín se apresuraron a buscar un rincón donde pudieran cambiarse sin atentar al pudor de María Enríkovna. Quisieron colocarse en un rincón detrás del tabique, pero había allí tres oficiales jugando a las cartas, a la luz de una vela colocada sobre una caja vacía, y se negaron a cederles su sitio. María Enríkovna ofreció una amplia falda y detrás de ella, a modo de biombo, ayudados por Lavrushka, que había traído la carga, se quitaron los trajes mojados por la lluvia y se pusieron otros.
