Guerra y Paz

Guerra y Paz

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—Así no sanarás nunca— decía la madre, contrariada, olvidando su dolor, —si no obedeces al doctor y no tomas lo que te manda a su debido tiempo. No hay que andarse con bromas, así puedes tener una neumonía.

Y al pronunciar esa palabra, incomprensible para ella y los demás, sentía un verdadero consuelo.

¿Y qué habría hecho Sonia sin la alegre conciencia de haber estado tres noches sin desnudarse, al principio de la enfermedad de su amiga, para encontrarse dispuesta a cumplir cualquier orden del médico, y aun sin dormir de noche para que no se le pasara la hora de dar a Natasha aquellas píldoras inofensivas guardadas en una cajita dorada? Hasta la propia Natasha, quien solía decir que nada la curaría y que todo era inútil, se hallaba contenta viéndose objeto de tantos sacrificios y teniendo que tomar las medicinas a horas determinadas. Hasta le producía especial contento poder demostrar, al no cumplir las prescripciones, que no creía en su curación y no apreciaba la vida.

El médico iba todos los días, le tomaba el pulso, examinaba la lengua y, sin hacer caso de su abatimiento, gastaba bromas. Pero cuando salía a la habitación contigua y la condesa corría a su encuentro, ponía cara seria y, moviendo pensativo la cabeza, aseguraba que, a pesar del peligro, confiaba en la medicina recetada últimamente y había que esperar para ver sus efectos. La enfermedad era más bien moral, pero…


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