Guerra y Paz

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Durante toda aquella semana de ejercicios, ese sentimiento crecía de día en día. La dicha de comulgar o comunicarse con Dios —como decía Agrafena Ivánovna— era para ella algo tan grande que le parecía que no iba a llegar aquel feliz domingo.

Cuando llegó ese día feliz, cuando aquel domingo imborrable volvió de comulgar con su vestido blanco, de muselina, Natasha sintió por primera vez después de tantos meses una gran serenidad, sin que la agobiara la vida que la esperaba.

Aquel mismo día la visitó el médico y mandó que siguiera tomando las píldoras recetadas hacía dos semanas.

—Debe tomarlas por la mañana y por la noche— dijo, sinceramente satisfecho de su éxito, —y que lo haga con regularidad. Esté tranquila, condesa— añadió, —su hija volverá pronto a cantar y a divertirse— comentó con tono festivo, mientras con la palma de la mano recogía hábilmente la moneda de oro que le daba la condesa. —Esta última medicina le ha hecho gran efecto: se ha reanimado mucho.

La condesa, para atraer la buena suerte, se miró las uñas, escupió y regresó radiante al salón donde estaba Natasha.


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