Guerra y Paz

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La condesa se mostró satisfecha del celo de Natasha; después del estéril tratamiento médico, concebía la esperanza de que las oraciones aliviarían a su hija más que las medicinas; aunque con miedo y sin que se enterara su doctor, accedió al deseo de Natasha y la confió a Belova, su vecina, quien la despertaba a las tres de la madrugada, si bien la mayoría de las veces la encontraba ya en pie. Se levantaba apresuradamente, se ponía su peor vestido, una mantilla vieja y salía temblando de frío a la calle desierta iluminada apenas por el amanecer. Aconsejada por Agrafena Ivánovna, Natasha no acudía a su parroquia, sino a otra iglesia donde, según la piadosa Belova, había un sacerdote de vida austera y ejemplar. En aquella iglesia nunca había mucha gente; Natasha y Belova se arrodillaban en su sitio habitual delante del icono de la Virgen, empotrado en la parte posterior del trascoro. Cuando contemplaba el rostro de la imagen, iluminado por los cirios y la luz del alba que se filtraba a través de las vidrieras, Natasha se sentía embargada por un hondo sentimiento de humildad ante lo incomprensible e inalcanzable; con el mismo sentimiento escuchaba los oficios, que trataba de entender; cuando lo conseguía, sus más íntimos pensamientos se unían con matices propios a la oración; si no los entendía, aún le era más dulce pensar que su deseo de entenderlo todo no era más que orgullo, que comprenderlo todo era imposible y no había más remedio que creer y entregarse a Dios, que en aquellos momentos —así lo sentía— estaba dirigiendo su alma. Natasha se persignaba; se hincaba de rodillas y, al no comprender los oficios, se horrorizaba de su vileza y pedía al Señor que le perdonara por todo, por todo, y tuviera misericordia de ella. Las oraciones más frecuentes eran de arrepentimiento. Al regresar a casa, en aquellas horas de la mañana en que sólo se veían albañiles que iban al trabajo y porteros que barrían las aceras delante de las casas, mientras todo el mundo dormía aún, Natasha experimentaba un sentimiento nuevo, la posibilidad de corregir sus defectos y de alcanzar una existencia nueva más pura y feliz.


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