Guerra y Paz

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Ese domingo los Rostov asistieron a misa, como de costumbre, en la capilla privada de los Razumovski. Era un día caluroso. A las diez de la mañana, cuando los Rostov se apeaban de su carruaje delante de la capilla, se notaba en el aire sofocante, en los gritos de los vendedores, en los vestidos de colores claros y llamativos, en las hojas de los árboles del bulevar, llenas de polvo, en la música, en el pantalón blanco de los soldados que iban de relevo, en el ruido de la calle y en la luz del sol ardiente la enervante languidez del estío, la satisfacción y el descontento del presente, más notorios que de ordinario en los días calurosos de la ciudad. En la iglesia de los Razumovski se reunía lo mejor de la sociedad moscovita y buen número de amigos de los Rostov (aquel verano muchas familias ricas habían dejado de ir al campo, en espera de los acontecimientos). Al pasar al lado de su madre, detrás del lacayo de librea que les abría paso entre la gente, Natasha oyó a un joven que decía a media voz:

—Es Natalia Rostov, la de…

—Ha adelgazado mucho, pero sigue estando guapa.




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