Guerra y Paz

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Le pareció oír los nombres de Kuraguin y Bolkonski, aunque eso le parecía oír cada vez. Se imaginaba siempre que, al verla, todos pensaban en lo sucedido. Encogido el corazón y cohibida (como le ocurría toda vez que pasaba entre la gente), Natasha siguió adelante, recogiendo un poco su vestido de seda lila y encajes negros; y como le suele ocurrir a las mujeres, su paso era tanto más tranquilo y majestuoso cuanto mayor era su dolor y vergüenza. Conocía su propia belleza, y no se equivocaba a este respecto, pero eso ya no la ilusionaba como antes; al contrario, es lo que más la hacía sufrir en los últimos tiempos y sobre todo en aquel día cálido y bochornoso del claro verano. “Otro domingo, otra semana —se dijo, recordando que también el domingo anterior había estado en aquel lugar—. Siempre la misma vida sin vida, las mismas condiciones en que tan fácilmente vivía antes. Soy joven y bonita, y ahora sé que soy buena; antes era mala y ahora soy buena, lo sé, pero los mejores años de mi vida se pasan estériles, sin aprovechar a nadie" Se detuvo junto a su madre y saludó con un movimiento de cabeza a algunas amistades. Examinó, siguiendo su costumbre, los vestidos de las damas; censuró la tenue y la manera de santiguarse de una señora que estaba a corta distancia de ella; y de nuevo pensó con disgusto que otros la juzgaban mientras ella juzgaba a los demás. Al darse cuenta de que comenzaba el oficio religioso, se horrorizó de su propia maldad y de haber perdido la pureza de otros días.


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