Guerra y Paz

Guerra y Paz

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El sacerdote, un viejo pulcro y bien parecido, oficiaba con esa dulce serenidad que tan consoladora y grata es para los creyentes. Se cerraron las puertas del iconostasio y, mientras la cortina se corría lentamente, una voz suave y misteriosa dijo algo desde la otra parte. Natasha sintió oprimido su corazón por lágrimas incomprensibles y un sentimiento de alegría y a la vez angustioso, la inquietó.

“Muéstrame qué debo hacer, la vida que debo llevar y el modo de enmendarme para siempre, para siempre”…, pensó.

Un diácono subió al ambón y, apartando mucho el pulgar, se arregló sus largos cabellos bajo el estolón y, puesta la cruz sobre el pecho, dio lectura en voz alta y solemne a la siguiente oración:

“Roguemos todos al Señor”.

“Roguemos todos, al margen de estamentos, sin odios, unidos en fraterno amor. Oremos”, pensó Natasha.

“Para que el Cielo nos conceda la salvación de nuestras almas.”

—Para obtener la paz de los ángeles y de las almas de todos los seres incorpóreos que viven por encima de nosotros— murmuró Natasha.


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