Guerra y Paz

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XII

Aquella noche la princesa María permaneció durante largo tiempo sentada junto a la ventana de su habitación, prestando oído a las voces de los mujiks, cuyo rumor llegaba desde la aldea. No pensaba en ellos, sin embargo: comprendía que por mucho que pensara en ellos nunca llegaría a entenderlos. Seguía pensando siempre en lo mismo: en su desgracia, que, después de la interrupción originada por las preocupaciones del momento, se había convertido en pasado. Ahora ya era capaz de recordar, llorar y rezar. El viento se había calmado con la puesta del sol: la noche estaba serena y fresca. Hacia las doce, las voces comenzaron a extinguirse. Un gallo cantó y apareció la luna llena tras los tilos del jardín; una blanca neblina, empapada de rocío, brotó de la tierra; la aldea y la casa quedaron en silencio.

Por la mente de la princesa cruzaban, unas tras otras, las escenas de un pasado reciente: la enfermedad y los últimos momentos de la vida de su padre. Se detenía ante esas imágenes con triste alegría y sólo rechazaba con horror la última, la de su muerte, porque sentía que no se hallaba con fuerzas para revivirla, ni siquiera en su imaginación, en aquella hora apacible y misteriosa de la noche. Las recordaba con tanta claridad y con tanto detalle que ya le parecían ser presente, ya pasado, ya futuro.


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