Guerra y Paz
Guerra y Paz Sin poder explicarse cómo y por qué, el príncipe Andréi regresó a su regimiento, después de la entrevista con Kutúzov, tranquilo sobre la situación general y sobre las personas en quienes se había confiado. Cuantos menos rasgos personales observaba en aquel anciano, quien conservaba el hábito de la pasión y en lugar de la inteligencia (que une hechos y deduce consecuencias) poseía la capacidad de contemplar tranquilamente la sucesión de fenómenos, tanto más tranquilo estaba con respecto a los acontecimientos futuros. “No tendrá nada suyo. No inventará nada nuevo, ni emprenderá nada —pensaba el príncipe Andréi—, pero escuchará todo, lo recordará todo, o pondrá todo en el puesto que le corresponda. No impedirá nada que sea útil ni permitirá nada dañoso. Comprende que hay algo más fuerte e importante que su voluntad: el inevitable curso de los acontecimientos, y sabe verlo, advertir su importancia, y, considerando esta importancia, sabe abstenerse de intervenir en esos acontecimientos, prescindir de su propia voluntad, orientada en otra dirección. Y sobre todo, uno cree en él, porque es ruso, a pesar de que lea a Mme de Genlis y cite proverbios franceses; y porque su voz tembló al decir: «¡Hasta dónde nos han llevado!», y porque se emocionó al asegurar que obligaría al enemigo a comer carne de caballo”