Guerra y Paz

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De nuevo brillaron lágrimas en sus ojos.

—Pero habrá que aceptar batalla, ¿no?— preguntó el príncipe Andréi.

—Sí, será necesario si lo quieren todos. No habrá otro remedio… Créeme, querido: no hay nadie más fuerte que esos dos guerreros: la paciencia y el tiempo. Ellos lo harán todo. Pero los consejeros n'entendent pas de cette oreillelà, voilà le mal.[396] Unos quieren y otros no. ¿Qué puede hacerse?— preguntó, esperando, al parecer, una respuesta. —¿Qué harías tú?— repitió, y sus ojos brillaron con profunda e inteligente expresión. —Yo te lo diré— añadió, porque el príncipe Andréi no decía nada. —Te diré lo que hay que hacer y lo que yo hago. Dans le doute, mon cher, abstiens-toi[397]— y calló un instante. —Abstiens-toi— dijo pausadamente. —Bueno… ¡Adiós, querido!, recuerda que siento tu pérdida con toda mi alma y que para ti no soy ni Serenísimo, ni príncipe, ni comandante en jefe, sino un padre. Si necesitas algo, ven directamente a mí. Adiós, querido.

Lo abrazó y besó de nuevo. Y casi antes de que hubiese salido el príncipe Andréi, Kutúzov suspiró sosegado y volvió a tomar Les chevaliers du Cygne, de Mme de Genlis.


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