Guerra y Paz
Guerra y Paz Cuando Pierre volvió a su casa le entregaron dos pasquines de Rastopchin traídos aquel día.
En el primero se decía que el rumor de que el conde Rastopchin prohibía salir de Moscú era falso, y que, por el contrario, el conde estaba contento de que las damas y las mujeres de los mercaderes abandonasen la ciudad. “A menos miedo, menos habladurías —decía un pasquín—. Pero respondo con mi vida que esos malvados no entrarán en Moscú.” Tales palabras hicieron ver claramente a Pierre, por primera vez, que los franceses llegarían a Moscú. El segundo decía que el Cuartel General ruso estaba en Viazma, que el conde Vitgenstein había derrotado a los franceses; pero, ya que muchos ciudadanos deseaban armarse, en el arsenal encontrarían armas preparadas para ellos: sables, pistolas, fusiles, que podrían adquirir a buen precio.
El tono de los dos pasquines no era ya tan burlón como en las anteriores conversaciones de Chiguirin. Ante aquellos dos manifiestos Pierre quedó pensativo: era evidente que aquella terrible nube borrascosa que él anhelaba con toda la fuerza de su alma y que despertaba, al mismo tiempo, un terror involuntario en su ánimo se estaba acercando.
Por centésima vez se hizo la misma pregunta: “¿Debo incorporarme al ejército o esperar?”. Tomó la baraja que había sobre la mesa y se puso a hacer un solitario.
