Guerra y Paz

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Y aunque Napoleón sabía que De Beausset iba a contestar de aquella manera o de modo análogo, y aunque en sus momentos lúcidos supiese que no era verdad lo que decía, le agradó oír las palabras de De Beausset y se dignó tocarle la oreja otra vez.

—Je suis fâché de vous avoire fait faire tant de chemin— dijo.[413]

—Sire, je ne mattendais pas à moins qu'à vous trouver aux portes de Moscou— dijo De Beausset.[414]

Napoleón sonrió, y levantando distraídamente la cabeza miró a su derecha. Un ayudante de campo se deslizó hasta él con una tabaquera de oro y se la ofreció al Emperador, quien la tomó. —Sí, eso está bien para usted, que le gusta viajar— dijo llevándose el rapé a la nariz. —Dentro de tres días verá Moscú. Probablemente usted no esperaba ver una capital asiática; será un viaje agradable.

De Beausset saludó reconocido por aquella atención a su espíritu viajero (que hasta entonces ignoraba poseer).

—¡Ah! ¿Qué es eso?— preguntó Napoleón, observando que los cortesanos miraban algo cubierto con el velo.

De Beausset, con la habilidad de los palaciegos, sin volver la espalda al soberano, dio dos pasos atrás y, al mismo tiempo, retiró el velo diciendo:


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