Guerra y Paz
Guerra y Paz Napoleón comprendió de inmediato lo que hacían y se dio cuenta de que no habían acabado todavía. No quiso privarlos del placer de darle una sorpresa; fingió no ver a M. de Beausset y llamó a Fabvier. Escuchó con el ceño severamente fruncido y en silencio lo que le contaba sobre el valor y la fidelidad de sus tropas que combatían en Salamanca, al otro extremo de Europa, con el único pensamiento de ser dignas de su Emperador y con el solo temor de disgustarlo. El resultado de la batalla había sido desfavorable. Napoleón hizo irónicas observaciones durante el relato de Fabvier, como dando por supuesto que, en su ausencia, no podían ocurrir las cosas de otra manera.
—Debo remediarlo en Moscú— dijo. —À tantôt…[411]— añadió llamando a M. de Beausset, quien, preparada ya la sorpresa, había cubierto todo con un velo.
De Beausset se inclinó con el profundo saludo cortesano, cuya exclusiva tenían los viejos servidores de los Borbones, y avanzó tendiéndole un pliego cerrado.
Napoleón se volvió a él con gesto alegre y le tiró de la oreja.
—Se ha dado usted prisa— le dijo. —Encantado de verlo. ¿Qué se dice en París?— y su severa expresión se trocó en un gesto lleno de ternura.
—Sire, tout Paris regrette votre absence[412]— replicó De Beausset tal como debía.