Guerra y Paz
Guerra y Paz Se daba cuenta de que todo cuanto hiciera y dijera en aquel momento pasaría a la historia. Y le pareció que lo mejor que podía hacer ante la imagen de su hijo que jugaba con el globo terrestre era mostrar, en contraste con su majestad, la más sencilla ternura paterna. Sus ojos se velaron de lágrimas. Avanzó un poco; echó una mirada hacia una silla (la silla se movió hacia él), tomó asiento frente al retrato, hizo un gesto y todos salieron de puntillas, dejando al gran hombre consigo mismo y con sus pensamientos.
Así permaneció cierto tiempo y, sin saber él mismo la razón, tocó con los dedos el resalto de las rugosidades del retrato, se levantó y llamó de nuevo a De Beausset y al oficial de servicio. Ordenó que colocaran el retrato delante de su tienda para no privar a la vieja Guardia, que lo rodeaba, del placer de contemplar al rey de Roma, hijo y heredero de su adorado Emperador.
Tal como esperaba, mientras desayunaba con M. de Beausset, quien se había hecho merecedor de semejante honra, ante la tienda se oían extasiadas voces de oficiales y soldados de la vieja guardia.
—Vive l'Empereur! Vive le roi de Rome! Vive l'Empereur!— gritaban.
Después del desayuno, en presencia de M. de Beausset, Napoleón dictó la orden del día para el ejército.