Guerra y Paz
Guerra y Paz —Ve, querido, ve. Que Cristo te acompañe— dijo Kutúzov, sin apartar los ojos del campo de batalla, a uno de los generales que estaban a su lado.
Recibida la orden, el general pasó por delante de Pierre para descender del túmulo.
—¡Al vado!— dijo el general fría y severamente, contestando a uno de los oficiales del Estado Mayor que le preguntaba adonde iba.
“Yo también, yo también”, pensó Pierre, y siguió al general, quien montó en el caballo que le ofrecía un cosaco. Pierre se acercó a su caballerizo, que sujetaba los caballos: preguntó cuál era el más manso y montó. Se agarró a las crines y apretó los talones de los pies vueltos hacia el vientre del animal: se dio cuenta de que los lentes le resbalaban, pero no se atrevía a apartar las manos de las crines ni a soltar las bridas; así galopó detrás del general, entre las sonrisas de los oficiales de Estado Mayor que lo miraban desde el altozano.