Guerra y Paz
Guerra y Paz Pierre se volvió para ver el primer humo, que había dejado de mirar cuando era una pequeña pelota compacta; ahora ocupaban su lugar globos de humo que se iban extendiendo a un lado y paf… (con parada), paf, paf, nacían otros tres, otros cuatro, siempre con iguales intervalos, bum… bum, bum, bum, bum, les respondían con esos bellos sonidos, firmes y seguros. Parecía, a veces, que esos humos corrían; otras, que estaban quietos y corrían delante de ellos los bosques, los campos, las brillantes bayonetas. A la izquierda, entre campos y matorrales, se levantaban sin cesar esas grandes columnas de humo, con sus ecos solemnes; más cerca, en las partes bajas y entre los bosques, se encendían nubecillas de humo producidas por las descargas de fusil, que no tenían tiempo de formar un globo y redondearse, seguidas de ecos más débiles: “tra… tra…tra”. Era el traqueteo de los fusiles, más frecuente, pero su sonido era más irregular, más pobre, que el estampido de los cañones, Pierre sintió deseos de hallarse en el lugar de las humaredas, entre las bayonetas relucientes, el movimiento y el ruido de las descargas. Miró a Kutúzov y su séquito para comprobar sus impresiones con las de otros. Lo mismo que él, todos contemplaban el campo de batalla y le pareció que también sentían lo mismo. En todos los rostros se reflejaba la chaleur latente[430] que Pierre había observado ayer y comprendido totalmente después de su conversación con el príncipe Andréi.