Guerra y Paz
Guerra y Paz En Lisie-Gori, la finca del prÃncipe Nikolái Andréievich Bolkonski, se esperaba de un dÃa a otro la llegada del joven prÃncipe Andréi y de su esposa. Mas la espera no habÃa perturbado el severo orden que regÃa la vida en la mansión del viejo prÃncipe. El general en jefe, prÃncipe Nikolái Andréievich, a quien la sociedad diera el sobrenombre de rey de Prusia, no se movÃa de Lisie-Gori, donde habitaba con su hija, la princesa MarÃa, y con su señorita de compañÃa, mademoiselle Bourienne, desde que, bajo Pablo I, fuera deportado a su hacienda en el campo. Y aunque al comienzo del nuevo reinado se le permitiera volver a la capital, el prÃncipe Nikolái no quiso dejar su finca, diciendo que si alguien lo necesitaba podÃa recorrer los ciento cincuenta kilómetros que separaban a Moscú de Lisie-Gori, porque él no precisaba de nadie ni de nada. SostenÃa que sólo habÃa dos causas de los vicios humanos: el ocio y la superstición, y sólo dos virtudes, la actividad y la inteligencia. Él mismo se ocupaba de la educación de su hija y, para desarrollar en la joven ambas virtudes capitales, le daba lecciones de álgebra y geometrÃa y habÃa distribuido su vida en una serie ininterrumpida de tareas. El prÃncipe, por su parte, siempre estaba ocupado: ya en escribir sus memorias, ya en resolver problemas de matemáticas superiores, en hacer tabaqueras al tomo, trabajar en el jardÃn o vigilar, en sus posesiones, las sempiternas obras. Y como la condición fundamental de la actividad es el orden, éste habÃa sido llevado al último grado de exactitud. Su entrada al comedor se atenÃa siempre al mismo ritual, y no sólo a idéntica hora, sino al mismo minuto. Con las gentes que lo rodeaban, desde su hija hasta los criados, el prÃncipe era brusco y siempre exigente, y por ello, aun no siendo cruel, suscitaba un temor y un respeto que difÃcilmente podrÃa alcanzar el hombre más cruel. Aun viviendo retirado sin influencia alguna en los asuntos del Estado, todo gobernador de la provincia a que pertenecÃa la finca del prÃncipe consideraba un deber suyo presentarse a él, y lo mismo que el arquitecto, el jardinero o la princesa MarÃa, aguardaba dócilmente la hora fijada en que el prÃncipe recibÃa en la sala. Cuantos esperaban en esa sala experimentaban el mismo sentimiento de respeto y aun de temor cuando se abrÃa la puerta amplia y alta del despacho y aparecÃa con su empolvada peluca la menuda figura del anciano, con sus manos pequeñas y secas, sus cejas grises y caÃdas que velaban, cuando fruncÃa el ceño, el fulgor de unos ojos llenos de inteligencia y juventud.
