Guerra y Paz

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—El conde tenía un orzuelo— sonrió el ayudante de campo —y se inquietaba mucho cuando le decía que la gente se preocupaba y venía a verlo. ¿Y bien, conde?— se volvió inesperadamente a Pierre. —He oído que tiene disgustos de familia. Dicen que la condesa, su esposa…

—No sé nada— dijo Pierre con indiferencia. —¿Qué ha oído usted?

—Ya sabe, conde, que se inventan muchas cosas. Le decía que había oído…

—¿Qué ha oído?

—Dicen— respondió con la misma sonrisa el ayudante —que la condesa se dispone a salir para el extranjero. Seguramente son invenciones…

—Puede ser— dijo Pierre, mirando distraído en derredor. —¿Quién es?— preguntó señalando a un anciano más bien bajo, que vestía una limpia blusa azul, de barba y cejas blancas como la nieve y rostro sonrosado.

—¿Aquél? Un mercader, mejor dicho, posadero, Vereschaguin… Habrá oído usted hablar de la historia con proclama, ¿verdad?

—¡Ah, es Vereschaguin!— dijo Pierre, fijándose en el viejo y buscando en su cara firme y tranquila una señal que delatara su traición.


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